Han sido como dos o tres veces que me subo a esta micro con el mismo chofer y siempre lleva a su perro, ya sea dormido o despierto. La otra vez, una señora se molestó porque decía que era antihigiénico llevar un perro en el transporte público, y el chofer le pidió que se bajara, diciendo que él no iba a dejar a su perro solo todo el día en su casa.
Hoy volví a tomar la misma micro y, como siempre, ahí estaba el perro, echado junto al asiento del chofer, moviendo la cola con tranquilidad. Algunos pasajeros le hacían cariño al pasar, otros apenas le prestaban atención, como si ya fuera parte del paisaje habitual. El chofer conversaba con un señor mayor sobre lo mucho que su perro lo acompañaba y cómo, después de tantos años juntos, no se imaginaba yendo a trabajar sin él.
Me hizo pensar en cómo algunos lazos son inquebrantables, incluso en los lugares más inesperados.
