En el día de mi cumpleaños, el sol se asomaba tímidamente entre las nubes, pero su brillo no lograba calentar la frialdad que sentía en mi interior. Era un día especial para muchos, pero para mí solo era otro recordatorio de mi soledad. Caminé por las calles del barrio con la esperanza de encontrar algo que llenara el vacío que llevaba dentro, pero lo único que encontré fueron miradas fugaces y murmullos a mis espaldas.

Desde siempre he sido consciente de que mi apariencia no encaja en lo que la sociedad considera “normal” o “aceptable”. Mi rostro, marcado por cicatrices que cuentan historias que pocos se atreven a preguntar, y mi cuerpo, de proporciones distintas a las que otros consideran agradables, parecen ser motivos suficientes para que la gente mantenga su distancia. Al principio, traté de entenderlos, de justificar su comportamiento. ¿Acaso no somos todos un poco culpables de juzgar lo que no comprendemos? Pero con el tiempo, esa comprensión dio paso al resentimiento y, finalmente, a la resignación.
Mientras pasaba junto a una pastelería, mis ojos se detuvieron en un escaparate lleno de tartas decoradas con colores vibrantes y velas brillantes. Por un momento, me imaginé rodeado de amigos, cantando con alegría mientras apagaba las velas de mi propio pastel. Pero esa imagen se desvaneció tan rápido como había llegado. Suspiré y seguí caminando, sin atreverme a entrar y comprar una tarta para mí mismo. ¿Qué sentido tenía celebrarlo si no había nadie con quien compartirlo?
El reloj marcaba el mediodía cuando decidí detenerme en un parque cercano. Me senté en un banco bajo un árbol frondoso y observé a las personas que paseaban por allí. Había niños jugando, parejas riendo y ancianos caminando despacio, tomados de la mano. Me pregunté cómo se sentiría ser parte de esa conexión humana que tanto anhelaba. En mi corazón, deseaba que alguien, aunque fuera un desconocido, se acercara y me dijera: “¡Feliz cumpleaños!”. Pero las horas pasaron y nadie lo hizo.

Regresé a casa al anochecer, cargando con un peso invisible que hacía que cada paso fuera más difícil que el anterior. Al abrir la puerta, el silencio de mi apartamento me recibió con su abrazo habitual. Dejé las llaves sobre la mesa y me senté en el sofá, mirando fijamente las paredes desnudas. Era como si mi vida reflejara ese espacio: vacío y sin color.
Decidí revisar mi teléfono, aunque sabía que no encontraría nada. Abrí las redes sociales y vi publicaciones de personas celebrando sus días, rodeadas de amigos y familiares. Sus sonrisas me recordaron lo que me faltaba, pero también me hicieron preguntarme si realmente lo necesitaba. Después de todo, había sobrevivido todos estos años sin ello. Sin embargo, al deslizar el dedo por la pantalla, una pequeña parte de mí esperaba, contra toda lógica, encontrar un mensaje. Quizás alguien habría recordado. Pero no había nada.
Al final, decidí hacer algo diferente. Fui a la cocina, preparé una cena sencilla y encendí una vela que encontré en un cajón. Coloqué el plato frente a mí y apagué las luces, dejando que la tenue llama iluminara la habitación. “Feliz cumpleaños, yo”, susurr, susurr\u00e, intentando que mi voz sonara más alegre de lo que me sentía. Cerré los ojos y pedí un deseo, aunque sabía que no había magia que lo hiciera realidad.
A pesar de todo, esa noche aprendí algo importante: aunque la soledad duele, también puede ser un recordatorio de que somos más fuertes de lo que creemos. Aunque nadie más me celebrara, yo lo hice, y eso, por pequeño que pareciera, era un acto de amor propio que no podía ignorar.
Tal vez, algún día, las cosas cambiarán. Tal vez encontraré a alguien que vea más allá de mi apariencia y me acepte tal como soy. Pero hasta entonces, seguiré intentando celebrar mis pequeños triunfos, incluso si eso significa estar solo frente a una vela encendida, deseándome un feliz cumpleaños a mí mismo.